Marzo 2005 / Número 7

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La cita del mes

 

“La diferencia entre las personas estúpidas y las inteligentes, y esto es cierto independientemente de su nivel de instrucción, es que las personas inteligentes pueden manejar las sutilezas. No les confunden las situaciones ambiguas o incluso contradictorias… de hecho las esperan y se vuelven suspicaces cuando las cosas parecen demasiado fáciles”.

Neal Stephenson
La era del diamante. Manual ilustrado para jovencitas

 

Nota del Editor

 

Este nuevo número de Komplex se atreve, aprovechando el aire vacacional y la llegada de la primavera, a dedicar la sección “El pensador del mes” al novelista Neal Stephenson autor que desborda el campo de la ciencia-ficción en el que inició su carrera, y que a lo largo de toda su obra nos propone multitud de ideas inteligentes y perturbadoras.

Como cada mes, nuestro objetivo no es más que proporcionaros nuevos temas de conversación. Como siempre, si deseas hacer alguna aportación, o comentario o dejar de recibirlo, dirígete a complejidad@bioef.org.




El pensador del mes

 

Neal Stephenson

Neal Stephenson (Fort Meade (Maryland) 1959) es conocido fundamentalmente como escritor de ciencia ficción dentro del género postciberpunk con tendencia a derivar en la exploración de campos como las matemáticas, la moneda o la historia de la ciencia. Escribe también artículos de no-ficción sobre tecnología en revistas como Wired Magazine, y trabaja a tiempo parcial como asesor de Blue Origin, una empresa que se dedica a la investigación y desarrollo de sistemas de lanzamiento.

Stephenson puede confundir fácilmente. Sus novelas son tan divertidas que uno puede tardar un poco en darse cuenta de lo absolutamente serio que es.

Stephenson ha sido etiquetado como un escritor de ciencia-ficción y es conocido fuera de los círculos de aficionados a la CF, sobre todo por sus acertados tratamientos de algunos temas tecnológicos con repercusión general: la acción directa sobre el medio ambiente en Zodiac (1988) (Zodiac. Ed. Seix Barral, Barcelona, 1989), la realidad virtual, los memes, los virus informáticos y la mitología sumeria en Snow Crash (1992) (Snow Crash. Ed. Gigamesh, Barcelona, 2000), la nanotecnología, las clases sociales y el tribalismo cultural en The Diamond Age (1995) (La Era del Diamante. Manual ilustrado para jovencitas. Ediciones B., Barcelona, 1997), los campos de la criptografía y el dinero electrónico en Cryptonomicon (traducción castellana en tres volúmenes: Criptonomicón I El código Enigma, Criptonomicón II, El código Pontifex, Criptonomicón III, El código Aretusa, Ediciones B. Barcelona, 2002) o la revolución científica del siglo XVII como origen del nuestra visión del mundo y sus limitaciones en su monumental trilogía Baroque Cycle, (traducida al castellano su primera parte Quicksilver (2003) también en tres volúmenes: Azogue I, Azogue, Azogue II, El rey de los vagabundos y Azogue III, Odalisca.)

Entre sus obras de no ficción cabe destacar:
In the Kingdom of Mao Bell. Wired, Feb. 1994. Mil millones de chinos están usando las nuevas tecnologías para crear la economía de más rápido crecimiento del planeta. ¿Pero cuando la información quiere ser libre….
Mother Earth Mother Board. Wired. Dic. 1996. Donde el turista hacker se aventura a través de tres continentes, contando la historia del negocio y la tecnología de los cables ópticos submarinos…

Pero, sin duda la ambición y el alcance de Stephenson son mucho mayores que el estrecho estante donde ha sido encasillado. Escribe ficción que parece hecha no para cambiar el mundo sino para modificar silenciosa y discretamente la forma en que un montón de gente piensa sobre el mundo y sobre las fuerzas que lo mueven.

 

Artículos de interés

 

El nuevo renacimiento. Douglas Rushkoff

“El renacimiento original inventó al individuo. Con el desarrollo de la perspectiva en la pintura vino la noción de perspectiva para todo. La imprenta alimentó este futuro más uniforme, dando a los individuos la capacidad de desarrollar su propia comprensión de los textos. Cada hombre tenía ahora su propio lugar en el mundo, y el almacén de conocimiento y el arsenal de técnicas de una persona eran la medida del hombre.

Cuanto más estudio el renacimiento original, creo más que nuestra propia época tiene por lo menos tanto carácter y potencial como aquel renacimiento. Como el renacimiento trajo la pintura de la perspectiva, la época actual nos trae realidad virtual y holografía. La humanidad del renacimiento circunnavegó el globo; en nuestra propia era hemos aprendido a orbitarlo en el espacio. El cálculo apareció en el siglo quince, mientras que la teoría de los sistemas y las matemáticas del caos aparecen en el vigésimo, nuestro análogo a la imprenta es Internet, nuestro equivalente del soneto y de la metáfora extendida es el hipertexto.

Todas las innovaciones del renacimiento implican un incremento de nuestra capacidad para trabajar con las dimensiones, es decir: perspectiva. La pintura de la perspectiva permitió que consideráramos tres dimensiones donde había previamente solamente dos. La circunnavegación del globo cambió el mundo, de un mapa plano a una esfera de tres dimensiones. El cálculo permitió que relacionáramos puntos con líneas y líneas con áreas y volúmenes; las integrales nos permiten ir desde x a x2, a x3, etcétera. La imprenta promovió perspectivas diferenciadas, individuales en la religión y en la política. Todos podíamos coger un texto y sacar nuestras propias opiniones personales sobre él, y éste no fue un cambio intrascendente: es lo que condujo a las guerras de religión entre católicos y protestantes, después de todo.

De esta nueva experiencia de perspectiva nació la noción de individuo: el hombre del renacimiento. Por supuesto que existía gente individual antes del renacimiento, pero existían sobre todo como partes de grupos pequeños. Con la instrucción y la perspectiva vino la noción abstracta de la persona como entidad separada. Esta idea de un ser humano como "uno mismo," con voluntad, capacidad y acción independientes, era renacimiento puro, un renacimiento y una extensión de la idea griega antigua de persona. Y de ella, conseguimos todo tipo de cosas importantes como la autonomía del individuo, la libertad de acción, e incluso, la democracia y la república. El derecho a la libertad individual es lo qué condujo a todas esas revoluciones.

Pero gracias al nuevo énfasis puesto en el individuo, fue también durante el primer gran renacimiento cuando desarrollamos el concepto moderno de competitividad. Las autoridades se centralizaron, y los individuos compitieron por cómo llegar más arriba en el sistema. Nos gusta pensar en él como una meritocracia magnánima, pero lo cierto es que la raza-rata que sobrevino solo consolidó la autoridad del poder central. Aprendimos a competir por los recursos y el crédito se volvió artificialmente escaso por la intervención de la banca centralizada y el gobierno.

Aunque nuestro actual renacimiento también trae con él un cambio en nuestra relación con las dimensiones, el carácter de este cambio es diferente. En una holografía, en un fractal, o incluso en un website de Internet, la perspectiva no tiene que ver con la posición del observador individual sino con la conexión de ese individuo con el conjunto. Cualquier parte de una placa holográfica recapitula la imagen entera; ponerlos todos juntos genera mayor resolución. Cada detalle de un fractal refleja el conjunto. Los sitios web existen no por su propia fuerza sino por la fuerza de sus enlaces. Como los entusiastas de Internet suelen decir, la fuerza de una red no son los nodos, son las conexiones.

Por esta razón durante nuestro renacimiento han emergido nuevas formas de colaboración y progreso, nuevos modelos que obvian la necesidad de competición entre individuos, y en su lugar valoran la fuerza del colectivo. El modelo de desarrollo “open source”, evitando los secretos corporativos del mercado competitivo, promueve el intercambio libre y abierto de los códigos subyacentes del software que utilizamos. Se invita a todos y cada uno a que hagan mejoras y adiciones, y los proyectos que resultan, como el browser de Firefox, son más ágiles, estables, y amables. Asimismo, el desarrollo de modelos alternativos de dinero, como las “Ithaca Hours”, permite que la gente acuerde entre sí lo que valen sus mercancías y servicios sin la participación del estado. Las personas no necesitan competir por el dinero para pagar al acreedor central, la moneda de cambio alternativa facilita los esfuerzos de colaboración en detrimento de los puramente competitivos.

Pero mientras que el primer renacimiento inventó al individuo y promovió muchas instituciones permitiendo opciones y libertades personales, nuestro renacimiento está reinventando lo colectivo en un nuevo contexto. Originalmente, el colectivo era el clan o la tribu, una entidad definida no tanto por lo que tenían los miembros del grupo en común, sino por lo que tenían de enfrentado al clan o a la tribu de la otra colina.

Las redes nos dan una nueva comprensión de las relaciones potenciales entre nosotros. La cualidad de miembro de un grupo no impide ser miembro de una miríada de otros. Somos todos parte de una multiplicidad de grupos que se solapan y que paradójicamente, con frecuencia, tienen prioridades contradictorias. Porque podemos bregar con más de una perspectiva a la vez, no necesitamos forzarlas a competir por la supremacía en nuestros corazones y en nuestras mentes, podemos mantenerlas todas, al menos provisionalmente. Ésa es la belleza del nuevo renacimiento: se aumenta nuestra capacidad de trabajar con dimensiones múltiples. Las cosas no tienen que ser ya unidireccionales o dirigidas por una cierta autoridad central, viva, muerta o en situación intermedia. Tenemos la capacidad de manejar realidades espontáneas, inesperadas.

Tenemos la impresión de que nuestra potencia se basa en personas recogiendo datos individualmente, pero descubrimos finalmente que el acceso a los datos a través de nuestras comunidades conectadas en la red nos proporciona un flujo mucho más vivo de información, que es el necesario en las circunstancias siempre cambiantes que nos rodean. En vez de crecer a lo alto, crecemos a lo ancho”

DOUGLAS RUSHKOFF (Ganador del primer galardón Neil Postman a la actividad intelectual pública, Douglas Rushkoff es un autor, profesor y documentalista que centra su interés en la manera en que la gente, las culturas y las instituciones crean y comparten valores y la manera en que éstos se influencian mutuamente. Rushkoff cree que los "medios de comunicación” son el escenario donde se produce esta interacción, y redefine el "nivel de instrucción" como nuestra capacidad de participar conscientemente en ese intercambio.)

 

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Libros

 

Snow Crash

Neal Stephenson

Cuando Stephenson publicó esta novela en 1991 el ciberpunk parecía ya muerto para siempre, convertido como mucho en fuente de imaginería visual para juegos de ordenador, manuales de rol y alguna franquicia literaria que otra. Un cadáver ya cómodamente amortajado, listo por fin para que Hollywood pudiera rebuscar entre sus restos y lanzar la próxima generación de efectos especiales infográficos. Es cierto que (como dice Juanma Barranquero en su introducción a Snow Crash) la muerte del cíberpunk dejó a su paso hermosos cadáveres, como la obra de Pat Cadigan o Bruce Sterling, pero parecía condenado a una repetición rutinaria de realidades virtuales, implantes craneales y mafias adolescentes embutidas en cuero negro y con brillantes gafas de espejo hackeando por la libertad del mundo contra todopoderosas corporaciones.

Y entonces llega Stephenson y barre con todo eso de un plumazo, y encima sin tomárselo demasiado en serio, sin que parezca importarle mucho lo que está haciendo. Desde la primera frase de la novela, vemos que está no es la enésima vuelta de tuerca de los jinetes del ciberespacio. Acabado el primer párrafo tenemos la sensación de que el autor nos está tomando el pelo. Terminada la primera página comenzamos a darnos cuenta de que vamos a disfrutar como pocas veces. Y casi antes de que nos demos cuenta hemos llegado a la última y estamos cerrando el libro.

El mundo que nos describe Stephenson en su novela es tan desenfrenadamente imposible que a ratos nos parece el nuestro, quizá porque en cierto modo lo es, pasado por el tamiz de un espejo deformante: un mundo donde la Mafia se ha hecho con el negocio de las pizzas a domicilio (entrega garantizada en treinta minutos, o el mismísimo capo se disculpa con el cliente y al repartidor no se le vuelve a ver), donde el antiguo gobierno de los Estados Unidos es ahora un puñado de burócratas que malviven como una de las más mediocres naciones-franquicia que pueblan el mundo, donde las empresas de reparto utilizan como correos (perdón, como korreos) a quinceañeros en monopatín, donde un hombre puede ser al mismo tiempo el mejor espadachín del mundo, el más arriesgado hacker y un mediocre repartidor de pizzas, donde naciones enteras nacen, crecen y mueren en los arrabales de las autopistas interestatales. Estamos en un mundo en el que siempre es de noche: oscuro, brillante y desenfrenado, un mundo en el que los héroes salvan a la civilización que conocemos (que conocen) antes de las doce de la noche, no vaya a ser que su madre se preocupe por lo que estarán haciendo.

No es de extrañar que Timothy Leary, el gurú de la psicodelia en los sesenta, haya saludado el advenimiento de Snow Crash calificándolo como "un fantástico torbellino superrealista, un proyectil cómicogrotesco disparado hacia un mañana que ya está ocurriendo", porque Snow Crash tiene mucho de viaje.

Su estructura no puede ser más simple, y bebe directamente en las películas de aventuras de los años cuarenta. De hecho, por ritmo y por dosificación de la historia, podría ser perfectamente una película de Indiana Jones. Pero a diferencia de la clásica historia de aventuras, sus protagonistas no son héroes arquetípicos para los que el miedo no existe: sus personajes tienen un algo de parodia, pero también la suficiente profundidad como para hacérsenos reales y creíbles, con todos los terrores, miserias y meteduras de pata que eso implica. Sus secundarios parecen sacados de todas partes, como si Stephenson hubiera asimilado toda la cultura popular del siglo veinte y hubiera decidido regurgitarla en esta novela: por Snow Crash pululan niños pijos, beautiful people, quinceañeros, freakies, pistoleros a sueldo, bibliotecarios eruditos, mafiosos que parecen ejecutivos y ejecutivos que parecen mafiosos.

Pero lo que distingue a Snow Crash, lo que lo hace alzarse por encima de otras obras cíberpunks es la desenfrenada avalancha de conceptos, ideas e imágenes que pueblan toda la novela. Conceptos, ideas e imágenes con el suficiente empaque como para que en manos de otro autor nos sumergieran en la enésima novela de tesis de la ciencia ficción, pero que aquí son disparadas a un ritmo que no concede pausa al lector y entrelazadas con una mirada entre irónica y distante, como si el autor hubiera decidido que hay cosas demasiado importantes como para tomárselas en serio.

Escrito con un ritmo alocado y un pulso que busca dejar sin resuello, la novela de Stephenson convierte la utilización del tiempo presente, sazonado con la aparición de no pocos tacos, en una oda a la velocidad y el estruendo, a la acción más desenfrenada en un marco irrepetible; tal y como fue concebido, puro cómic, aunque sin viñetas. Todo ello apoyado en una parafernalia macarra en la que hackers informáticos, jovencitas en monopatín, ciborgs caninos y mafiosos fabricantes de pizza luchan, espadas y monopatín en mano, contra megalómanos sin escrúpulos, organizaciones estatales deudoras del Gran Hermano de Orwell y hordas tercermundistas dispuestas a desembarcar por la fuerza en unos EEUU disueltos en mil franquicias distintas. Y curiosamente, paralelo a ese fragmentado, desquiciado y próximo mundo que Stephenson tan bien describe, se encuentra el Metaverso, la otra cara de la moneda.

Mucho más blando y riguroso que el ciberespacio de Gibson, el Metaverso es una auténtica aldea global bastante más tranquila que el mundo real. El caos intentará invadir este nuevo paraíso virtual por medio de una extraña droga informática que sólo afecta a los programadores: el Snowcrash. Si el Neuromante de Gibson es crucial en la estética de SNOWCRASH, sin duda la inspiración creadora del núcleo central de la novela surge de otro libro importante de finales de los 80: El gen egoista. En él, Richard Dawkins recoge y da forma a un puñado de revolucionarias teorías que hablan sobre el evolucionismo de la transmisión cultural como algo vivo y análogo a la evolución biológica, llegando a dar nombre a un concepto que ganaría popularidad rápidamente: el meme.

Stephenson utiliza las teorías de Dawkins acerca de la autorreplicación de las ideas como algo vírico y las aplica a su novela, sumergiéndolas en la antigüedad y los mitos sumerios y rescatando del olvido a sus viejas deidades perdidas. Para el autor de Snowcrash, la información es un virus que se autopropaga por imitación. El cerebro humano es tan programable como el electrónico, y los viejos dioses lo sabían. El truco, tan sencillo como evidente, consiste en conocer el lenguaje de programación. La lucha por conseguir ese lenguaje es lo que cuenta la novela.

 

En el princio... fue la línea de comandos

Neal Stephenson

Este es “el Verbo”, el de un solo hombre, por descontado, sobre el arte (y el artífice) de esta existencia nuestra ciber-céntrica. Y teniendo en cuenta que “el verbo” es el de Neal Stephenson, “el Hemingway hacker” que dijo Newsweek, vale la pena escucharlo. El texto es un razonado, irreverente, divertido tratado sobre la ciber-cultura pasada y presente, sobre las tiranías de los sistemas operativos y las revoluciones populares “descargables”, sobre Internet, Disney World y el Bing-bang, sin olvidar el sentido de la vida mismamente…

Encuentra aquí el texto completo, traducido al castellano por Asunción Álvarez.

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