Nº 24  Agosto 2006
Índice

- La cita del mes
- Nota del editor
- El pensador del mes
- Artículos del interés
- Libros
- Links de interés

La cita del mes

"Es posible que la ciencia ponga límites al conocimiento, pero no debe poner límites a la imaginación"

Bertrand Russell

Nota del editor

Nuestra pensadora de este mes es Gloria Origgi, filósofa, investigadora del CNRS con un interés especial en la epistemología y ardiente defensora del concepto de "tercera cultura" que es recurrente en Komplex. Presentamos también la traducción de un artículo del novelista y Premio Pulitzer americano, Michael Chabon que nos ha parecido lúcido, provocador y muy interesante. Los libros de este mes son dos novelas con un protagonista común: Alan Turing, una escrita por Janna Levin matemática, la otra por David Leavitt novelista.

Como cada mes, nuestro objetivo no es otro que proporcionaros más y nuevos temas de conversación, y como siempre, si deseáis hacer alguna aportación, o comentario o dejar de recibirlo, podéis dirigiros a complejidad@bioef.org.

El pensador del mes

Gloria Origgi

"Es curioso que el descubrimiento de un determinado tipo de neuronas premotoras en el cerebro de los macacos pueda tener repercusiones importantes sobre nuestro entendimiento de la naturaleza de la sociabilidad humana. ¿Qué tiene que ver, después de todo, la activación de una célula del sistema nervioso de un mono con nuestras intricadas relaciones sociales?
Más allá de los fascinantes discusiones provocadas por este descubrimiento, esto ilustra los cambios que han ocurrido en los últimos veinte años en las relaciones entre las ciencias naturales y las humanidades, esto es las "dos culturas" definidas por C.P. Snow en su famoso ensayo de 1959. La antropología, la lingüística y la sociología, disciplinas que han basado su autonomía en la afirmación de que el sistema de las acciones sociales y las culturas humanas son independientes de su fundamento biológico, se abren en la actualidad a programas de investigación naturalísticos y a los métodos de las ciencias naturales.
Entonces, ¿es posible una "tercera cultura" tal como la define John Brockman, en la que las ciencias naturales tomen parte en la tarea de dotar de sentido a nosotros mismos y a nuestros actos?
La investigación de las bases biológicas de los sentimientos morales, de los juicios estéticos, de la interpretación de los otros, o de las creencias religiosas, aún provoca una frontal resistencia intelectual, en nombre de la excepcionalidad de la experiencia humana, históricamente situada y que no responde a las obligaciones de la naturaleza. De forma más general, un acercamiento naturalístico es visto como algo profundamente distorsionador de la misión de las ciencias humanas y sociales, que debería ser conocer como las estructuras socio-históricas, las relaciones de poder y dominación cultural se manifiestan en los seres humanos y modelan sus expresiones individuales. Así pues, parece existir una tension irresoluble entre dos modelos explicativos incompatibles, pero ¿es así?

Dos críticas generales se hacen a la idea de los programas de investigación naturalísticos aplicados en ciencias humanas. El primero es el del riesgo de reduccionismo, esto es, la idea de que las complejas experiencias personales y sociales pueden ser reducidas a mecanismos neurofisiológicos. La segunda es que padece de anti-historicismo, en el sentido de que no presenta contextualización histórica o investigación genealógica, como si los patrones de acción que pretendemos explicar fuesen "tipos naturales" inmutables. Y es cierto que, en algunos casos, las especulaciones reduccionistas y universalistas de algunos exponentes de este nuevo naturalismo pueden ser irritantes..."

De "WHO'S AFRAID OF THE THIRD CULTURE?" Edge, 180.

GLORIA ORIGGI es filósofa e investigadora del Centre Nationale de la Recherche Scientifique en Paris. Sus áreas de investigación son la filosofía de la mente, la epistemología y las ciencias cognitivas aplicadas a las nuevas tecnologías.

Trabaja en la École Nationale des Télécommunications. Origgi es editora del proyecto www.interdisciplines.org, un portal de conferencias virtuales en ciencias cognitivas y sociales, en el que actualmente están abiertos los temas Causality and Workshops on Art and Cognition. Otras conferencias han sido What Do Mirror Neurons Mean?, Art and Cognition; Understanding Suicide Terrorism; Issues in coevolution of language and theory of mind.

Durante 2001 y 2002 organizó el proyecto Text-e.org, un simposio trilingüe y virtual que duró cinco meses, con diez ensayos de pensadores de renombre internacional sobre el impacto de Internet en los textos, la vida intelectual, la investigación, la comunicación y la cultura. Cada uno de los diez textos lidiaba con alguno de estos temas, incluyendo historias personales, provocativas predicciones y análisis originales que fueron discutidos on-line.

Fruto de esta experiencia fue su libro: Text-E: Text in the Age of the Internet, publicado en 2006 y que recoge los ensayos nucleares y una selección de las contribuciones on-line.

Gloria Origgi mantiene un interesante blog bajo el título de Miscellanea en el que comparte reflexiones e ideas y presenta avances de algunos de sus trabajos.

Algunos artículos de Gloria Origgi disponibles en la Red:

Artículos de interés

Omega Glory

por Michael Chabon

He leído en un reciente número de Discover, acerca del Reloj de Long Now. ¿Habéis oído hablar de él? Va a ser una especie de ordenador mecánico gigante, lento, sencillo e ingenioso, que marcará la hora, el día, el año, el siglo y el milenio, y la precisión de los equinoccios, con un inmenso planetario para seguir el rastro del discurrir de los seis planetas visibles a simple vista, en su flujo orbital. El Reloj de Long Now medirá sesenta pies de alto, costará decenas de millones de dólares, y cuando esté completado sus diseñadores y patrocinadores, entre ellos el visionario Danny Hillis, un pionero en el concepto de computación masiva en paralelo; el mathama de Whole Heart, Stewart Brand y el compositor británico Brian Eno (uno de mis dioses domésticos), planean ocultarlo en una cueva en el Parque Nacional de Great Basin en Nevada, a un día de duro camino de ninguna parte. ¡Ah! Y va a funcionar durante diez mil años. Esto supone un período de tiempo tan largo como el que nos separa de los primeros fabricantes de cerámica, que es una de las más antiguas tecnologías que poseemos. Diez mil años es el doble de la antigüedad de la pirámide de Keops, el doble de la antigüedad del cuerpo momificado preservado en un glaciar en los Alpes suizos que es una de las momias más antiguas que se han descubierto. El Reloj del Long Now esta siendo diseñado para ser mantenido regularmente de forma manual durante todo ese tiempo, aunque durante los períodos en que no haya nadie para mantenerlo el reloj gigante lograría ajustarse por sí mismo. Pero aunque el Reloj del Long Now no consiguiese durar diez mil años, aunque se estropee a la mitad o a un décimo de ese período, este loco artilugio habría conseguido su propósito hacía tiempo. Es más, el reloj podría haber conseguido su objetivo más importante incluso antes de ser terminado, quizás aunque no fuese construido. Porque lo importante de este reloj no es medir el paso hacia un futuro desconocido, de la raza de criaturas que lo construyeron. Lo importante es revivir y restaurar la idea global de Futuro, de hacernos pensar de Nuevo en el Futuro, con la intensidad, si no de la misma forma en que solíamos hacerlo, y reintroducir la noción de que nosotros no solo legamos el futuro, que sí lo hacemos, pensemos en ello o no, sino que también y en el más estricto sentido de la primera persona del plural lo heredamos.

Los Sex Pistols, estrictamente hablando, tenían razón: no hay futuro, ni para ti ni para mí. El futuro por definición, no existe. "El Futuro", le pongas mayúsculas o no, es siempre solo una idea, una propuesta, un guión, un sketch para ese artilugio loco que puede funcionar o no. "El Futuro" es una historia que contamos, un cuento de esperanza, de terror o de maravillas. Y es un cuento del que parece que todos hemos prescindido en nuestras vidas hace ya algún tiempo.

Diez mil años a contar desde hoy: ¿puedes imaginarte ese día? De acuerdo, pero, ¿lo imaginas realmente? ¿Crees que el Futuro va a ocurrir de verdad? Si el reloj funciona de la forma que se supone que lo hará, si dura, ¿crees que habrá algún ser humano por allí para ser testigo, o llorar su muerte y apreciar su logro, su fidelidad, su inmensa antigüedad? Y si fuesen cinco mil años o incluso quinientos ¿eres capaz de extender el horizonte de tus expectativas para nuestro mundo, para nuestras complejas civilizaciones y culturas, más allá de la duración de la vida de tus propios hijos, de las próximas dos o tres generaciones? ¿Puedes incluso, imaginarte el mundo más allá de la actual administración presidencial?

Me sorprendí, cuando leía sobre el Reloj del Long Now, de cuánto tiempo hacía desde que había dedicado algún pensamiento al estado del mundo de aquí a diez mil años. Hubo un tiempo en que solía frecuentar ese local imaginario. Y no me refiero solo a que solía encontrar de forma regular el Futuro en las páginas de los comics y novelas de ciencia ficción, o viendo programas de televisión como "Los Supersónicos" (1962) o películas como "Regreso al planeta de los simios" (1970). La historia del Futuro me la contaban cuando era niño, no solo el arte popular y los medios, sino también la arquitectura pública y doméstica, el diseño industrial, los textos escolares, los parques temáticos y las instituciones públicas desde los museos a las agencias gubernamentales. Oía la historia del Futuro cuando veía el perfil especial del Studebaker Avanti, en Tomorrowland a través de los ojos de buey del monorraíl de Disneylandia, en las cifras de plástico que volteaban en el reloj Seth Thomas Speed Read de mi padre. Recuerdo que escribí un trabajo en sexto grado sobre los cultivos hidropónicos ; si hubieses intentado decirme entonces que en 2005 aún haríamos crecer nuestras verduras en la tierra, me hubieses roto el corazón.

Incluso treinta años después de aparecer en las portadas de revistas como "Amazing Stories" y en la Exposición Universal de Nueva York de 1939 en su expresión más pura, la narrativa cultural colectiva sobre el Futuro continuó siendo una narrativa optimista de las ventajas inminentes de la tecnología y la benevolente y computerizada meritocracia de los "tipos con compasión y visión" de Donald Fagen. Sin embargo, a principios de los años 70 (primeros tiempos de la historia del Futuro), lo cierto es que no existían granjas bajo el nivel del mar ni vacaciones familiares en Titán. A veces el Futuro podría ser totalmente deprimente. Si el holocausto nuclear no acababa con todo, la humanidad podría verse esclavizada por ordenadores, por la actuación inevitable del silogismo de "la Máquina". Mi infancia se vio rodeada de una serie de predicciones cinematográficas desalentadoras ilustradas por la trilogía hestoniana que empezó con el primer "Planeta de los Simios" (1968) y continuó con "El último hombre vivo" (1971) y "Cuando el destino nos alcance" (1973). Imágenes de distopía futura aparecían en los álbumes de rock del momento, como en el "Diamond Dogs" (1974) de David Bowie y en el "2112" de Rush (1976); los Futuros presentados por los escritores de ciencia ficción de los años 70, como en el caso de John Brunner, aparecían como algo irremisiblemente o irónicamente sombrío.

En definitiva, las historias sobre el Futuro presentaban una ambigüedad encantadora. La otra cara del maravilloso futuro de Los Supersónicos podría ser una historia de tecnotiranía corporativa-autoritaria mundial, pero la otra cara del panorama de pesadilla post-apocalíptica mutacional representado en "El Último hombre vivo" era un panorama de esplendor semi-bárbaro y puede que de peligrosa libertad para vagar, como la que aparecía en las páginas del cómic de aventuras clásico "Kamandi, el último chico sobre la Tierra" (1972-1976), de Jack Kirby. Dicha ambigüedad y su encanto, la tensión cambiante entre la promesa brillante y la sombría amenaza que supone el Futuro, constituían en sí mismo un tipo de historia sobre los caminos, por extraños o trágicos que resultasen, que la humanidad (y por extensión, la cultura americana y sus valores extraños o trágicos) podría, a pesar de todo, construir. "Eed plebnista", entonaban en el episodio de Star Trek "The Omega Glory", los recuperados yankis que habían de alguna manera conseguido conservar como una sagrada jerigonza el Preámbulo de la Constitución: "Norkon forden perfectunun". Todo lo que necesitaban era contar con un Capitán Kirk y añadir un poco de agua interpretativa al liofilizado documento, y el modo de vida americano renacería de nuevo.

No sé que le ha ocurrido al Futuro. Es como si hubiéramos perdido nuestra capacidad, o nuestro deseo de imaginar cualquier cosa más allá de los próximos cien años, como si no tuviéramos fe en que habrá algún futuro más allá de una fecha no demasiado lejana. O quizás hayamos dejado de hablar del Futuro en el momento en el que, con sus microchips y sus noticieros de 24 horas, ya ha llegado. Hay días en los que el periódico parece que haya sido co-escrito por J.G. Ballard, Isaac Asimov y Philip K. Dick. La reproducción sexual humana sin material genético masculino, virus digitales, robos de identidad, bomberos-robot y dragaminas, control meteorológico, ingeniería farmacéutica, extinción rápida de especies, presidentes norteamericanos controlados por pequeñas cajas negras puestas entre sus omoplatos, imperios de aire acondicionado en el desierto arábico, corporaciocracia trasnacional, realities televisivos. A veces parece que el futuro imaginado de mediados del siglo XX fuera una especie de lista, una lista con la que hemos estado muy ocupados, pero sólo para marcar sus ítems, no para extenderla. El reducido número de ítems que quedan en la lista (colonización interplanetaria, ordenadores sensibles, cuasi-inmortalidad de la conciencia a través de transferencia o transplante de cerebro, un gobierno global -fascista o ilustrado) ya han sido representados y re-representados tantas veces en películas, novelas y en televisión que se han convertido, paradójicamente, en algo ya conseguido, ya sabido, vivido y dejado de lado. Pasado, en definitiva.

Esta es la paradoja que subyace tras la pérdida de interés por el futuro, y que a cambio ha producido un fallo cultural colectivo a la hora de imaginar el futuro, cualquier futuro. El futuro a menudo y durante mucho tiempo se ha presentado en los términos y de acuerdo a las características de periodos históricos, por ejemplo, Julio Verne adelantó de alguna manera que la idea del futuro –así como el apetito/curiosidad cultural por él- era en si mismo algo histórico, demodé, algo difícilmente factible o alcanzable.

Si le preguntas a mi hijo de 8 años, él cree que el mundo se va a acabar y eso es todo. De igual modo que con el tema del calentamiento de la atmósfera, piensa en términos de inundaciones, tormentas o desertificación, pero la posibilidad de una pandemia vírica, el impacto de un meteorito, o algún tipo de intercambio de bombas nucleares no es ajeno a su visión del porvenir. Aunque a lo mejor no sea mañana ni dentro de un año. El chaval es más que capaz de generar corrientes de pensamiento más que positivas sobre la próxima semana, las próximas vacaciones o su décimo cumpleaños. Es la idea del mundo dentro de 100 años lo que deja su imaginación en blanco. Parece que mi hijo da por supuesto el fin de todo, el fin de todo el esfuerzo y la creación humana. Él se ve a sí mismo como viviendo la última página, si no el último párrafo, de un largo, extraño y desconcertante libro. Si me hubiesen dicho cuando yo tenía 10 años, que un niño del futuro se iba a sentir de esa manera, y lo que es más, que ese niño vería cierta justicia en esa eventual extinción, hubiera pensado que el mundo estaría mejor sin la presencia de seres humanos, hubiese sido mucho peor que oír que en el 2006 no habría ni mega-granjas hidropónicas ni colonias humanas en Marte; esa visión negativa del futuro habría roto mi corazón.

Cuando hablé a mi hijo del reloj Long Now, me escuchó atentamente y estuvimos mirando las fotos de la página web de la Fundación Long Now. "Papa, ¿existirá gente todavía?" Me preguntó, "si" le respondí sin dudar, "habrá gente". No se si eso es cierto, no lo se más allá de lo que lo saben Danny Hillis y sus colegas, con sus palpitantes relojes de optimismo y los planetarios de su imaginación. Al tener hijos, al engendrarlos, al quererlos, al educarles a amar y respetar el mundo, los padres estamos confiando aún sin ser conscientes de ello, en el reloj Long Now. Estamos confiando en nuestros hijos y en los hijos de nuestros hijos, y así en la descendencia en línea directa hasta el 12.006. Si uno no cree en el futuro, sin reserva y entregado a un sueño, si no es capaz de confiar en que alguien va a estar allí para llorar cuando finalmente y dentro de 10.000 años el reloj se pare, entonces no entiendo como se puede tener hijos. Si se tienen hijos, no veo como podemos dejar de hacer todo lo que está en nuestras manos para asegurarnos de ganar nuestra apuesta, y que ellos, y sus nietos, y los nietos de sus nietos, hereden un mundo cuya perfección nunca podrá lograrse por parte de seres cuya capacidad para imaginar la perfección es libre y sin límites, y, además,... no veo como alguien podría forzarme a pagar mi apuesta si al final resulta que estoy equivocado.

El artículo original está disponible en la web del autor: Organ.

Michael Chabon tiene gran parte de su obra disponible en castellano:

 

Un portátil por niño

"La misión es crear un ordenador portátil por menos de cien dólares para que millones de niños del tercer mundo puedan disponer de uno. Yves Behar está diseñándolo. Había todo un garaje lleno de tecnología experimental: antenas de radio que conectan ordenadores a 16 kilómetros sin necesidad de torres o satélites, una pantalla de modo dual que se vuelve monocroma con luz brillante, un modelo de alimentación que permite que el ordenador funcione indefinidamente sin fuente exterior. Pero nada funcionaba a la vez, el cofundador de Media Lab, Nicholas Negroponte buscaba a alguien que conectase toda esta tecnología, alguien que la hiciese vistosa, icónica, resistente a la lluvia, al polvo, al calor, a las caídas, a los derramamientos e intuitiva para un niño thai o nigeriano que nunca ha visto tecnología moderna..."

El artículo completo de Douglas McGray en Wired Magazine de agosto de 2006.

Libros

A Madman Dreams of Turing Machines

por Janna Levin

Las vidas de Kurt Gödel (1906-1978) y Alan Turing (1912-1954) nunca se cruzaron en la realidad, pero lo hicieron intelectualmente : el teorema de la incompletud de Gödel implica un cierto platonismo y la teoría de las decisiones mecánicas de Turing por el contrario un duro materialismo. Janna Levin, es matemática, y yuxtapone ambas biografías en su primera novela. La inicia con un joven Gödel en Viena, cuyo teorema de la incompletud está destruyendo una línea de investigación (seguramente encabezada por
Wittgenstein que hace un cameo) que argumentaba que las matemáticas eran autosuficientes en sí mismas, nos narra sus relaciones con una bailarina de cabaret, Adele, y su torpe interpretación de la ocupación nazi de Austria. La no muy atractiva vida de Alan Turing está atravesada no solo por lo que pueda parecer un cierto autismo sino también por la persecución que sufre por su homosexualidad en Inglaterra, tras romper el Código Enigma alemán durante la segunda guerra mundial. Turing es en muchos aspectos un inocente, mientras Gödel, un gran pensador es un monstruo de egoísmo; ambos sin embargo comparten una pasión por lo invisible que es difícil de describir. Gödel acaba hecho un anciano paranoico, viviendo con Adele que acaba dejándose morir de hambre...

 

The Man Who Knew Too Much: Alan Turing and the Invention of the Computer

por David Leavitt

Hace veinticinco años la palabra "Turing" evocaba un halo de misterio para los pocos que la conocían. Los lectores de Douglas Hofstadter supieron que Alan Turing compartía con Gödel la exploración de la mente y la lógica y supieron también del "test de Turing" para la inteligencia artificial. Pero otros conocían a Turing como un personaje británico, matemático en Cambridge, que aparecía conectado a la gran operación de la segunda guerra mundial encaminada a romper las encriptaciones Enigma. Su fundamental importancia en la batalla del Atlántico estaba aún protegida por el secreto de estado. De hecho solo después de levantarse este secreto, se le empezó a reconocer por su otra gran contribución: su papel en el origen del ordenador. Llamativamente se echaba en falta el testimonio del propio Alan Turing. Había muerto a los 41 años, en 1954, aparentemente suicidándose con cianuro y dejando un feo roto en la historia. Hacia 1980 se corrieron rumores sobre su persecución y castigos que padeció como homosexual en 1952. Pero incluso entonces, eso no podía explicar por sí solo una historia de suicidio. Sus amigos lo conocían como poco vergonzoso y aún menos respetuoso de los convencionalismos. Una sospecha diferente se extendió entre los que conocieron los aspectos oscuros de los años cincuenta. Los victoriosos Aliados debieron sentirse incómodos con esa revelación sobre la vida sexual del hombre que conocía sus secretos: ¿cómo podían reconciliarse los deseos privados de Turing con las necesidades de la seguridad del estado? Pero sobre esta cuestión reinaba absoluto silencio. Desde entonces ahora, la situación ha cambiado completamente. Una serie de acontecimientos han hecho que la vida de Turing sea más conocida por el gran público que la de cualquier otro matemático. Un notable actor, Derek Jacobi, ha interpretado el drama de Turing para millones de espectadores en la obra tatral de Hugh Whitemore de 1986 "Breaking the Code", pasada al cine en 1996 con el título castellano "Rompiendo normas". Poca información se escapa a Google y los estudiantes de informática pueden tener preguntas sobre su vida y obra en los exámenes. En los noventa el gobierno de los Estados Unidos ha descalificado cantidades masivas de material sobre la desencriptación de códigos en la segunda guerra mundial, lo que ha provocado que sea objeto de numerosísimas tesis doctorales, congresos y libros que celebran la continua influencia de las ideas de Turing hasta nuestros días. La Teoría de la Complejidad y la Computación Cuántica se basan en su análisis de la computación y en los ochenta Roger Penrose ha dotado de nueva vitalidad a muchas de las más profundas teorías de Turing. Por encima de todo ello, la reputación de Turing está hoy sólidamente apuntalada en la aceptación general de su visión. Aunque John von Neumann se adelantó unos meses en la creación de un proyecto de computadora, fue Turing el que explicó en 1946 como "cualquier proceso de conocimiento" podía transformarse en software de ordenador. Turing había desarrollado esta perspectiva en el simple pero revolucionario principio de su Máquina Universal de Turing, que presentó en un artículo en 1936, creando un nexo sorprendente entre las puras matemáticas y sus aplicaciones industriales más productivas. Pero siempre quedan secretos por desvelar y siempre queda sitio para otra presentación. Una serie de nuevos "grandes descubrimientos" tal que la actual empresa de W. W. Norton, no pueden ignorar a Turing y resulta interesante ver la historia de sus contribuciones vista por un novelista americano como David Leavitt. La historia no está hecha solo de fechas y hechos. Por usar una de las metáforas de Turing, es como la piel de una cebolla. Precisa de un escritor que pueda pelarla con cuidado y sin miedo a las lágrimas. Intensamente privado, aunque sujeto de obras escritas o cinematográficas muy populares, profundamente orgulloso y al mismo tiempo absurdamente tímido, la vida de Turing es extraña, entrelazada con los enrevesados y típicos rompecabezas británicos de clase social y estilo de vida. La paradoja central es que creó la "herética teoría" de que los ordenadores pueden rivalizar con la mente humana, a pesar de que su personalidad se pareciese tan poco a los resultados de una máquina. Turing era voluntarioso, individualista, impredecible. Su lucha por incorporar iniciativa y creatividad a su teoría de la inteligencia artificial, resulta así casi un drama personal. Ese es un problema que alcanza el núcleo mismo de la ciencia y que resulta adecuado material para un novelista tan perspicaz y penetrante como David Leavitt.

Links de interés

The Long Now Foundation

Advances in Complex Systems